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domingo, 23 de septiembre de 2018

Arteaga : sexo, obscuridad y muerte


"Allí en lo alto hay una mujer de la que hablan mal y bien.
Yo no me atrevo a decir nada.
Pero ella tiene poderes en el mundo subterráneo.
Llama a los muertos y vienen..."
La bruja, Jules Michelet (1862)


Un ligero viento se filtra por la ventana provocando el temblor de aquella vela que reta con su luz a la obscuridad que reina sobre el lugar. Una mujer invoca a los espíritus que vagan por el mundo de los muertos con la intención de encontrar los placeres que no ha recibido del de los vivos, lujuria recibida a base de conjuros y ritos sangrientos mientras un aquelarre maldito se desarrolla sobre las frías criptas. Encaje negro y labios rojos seduciendo a la muerte mientras la noche cae con todo su peso sobre la tierra, sobre ese lugar que resguarda los cuerpos desechos por el tiempo y el olvido.

El ritual eléctrico se ha materializado nuevamente, ha encontrado la forma de tomar posesión de un cuerpo viviente para plasmar su maldito mensaje, ha escapado los límites del ruido para convertirse en un acontecimiento. Esta es la tercera llamada para la nueva obra de Arteaga, el tercer retoño del maligno trío que de nuevo toma entre sus manos el tridente demoníaco para hablarnos de obscuros abismos, hermosas brujas y muertos que regresan de ultratumba.


Bajo el nombre de Necromance hoy encontramos un álbum que termina por establecer a Arteaga como una de las mejores bandas del proto-doom ácido del panorama mundial. Por medio de su mezcla de ambientes obscuros y sonidos lisérgicos, el nuevo hijo bastardo del trío originario de Santiago de Chile nos invita a soltar todos nuestros prejuicios para bailar frente a una hoguera a la mitad de la noche mientras rendimos culto a las fuerzas del mal.

Si en los dos primeros volúmenes confeccionados por Arteaga tuvimos la oportunidad de comprender los macabros terrenos que ellos deseaban explorar, el material que cierra su trilogía cruza el umbral de lo desconocido para entrar en mórbidos parajes alucinatorios. Agradable les permitió orientar sus almas perdidas hacia los senderos de la maldad, Dios Sol los obligó a levantar la mirada al cielo mientras se sumergían en ácidos pantanos y charcos de sangre (reseña-review), pero Necromance rompe con todos los límites para convencerlos de pasar por la puerta de la muerte, enfrentar sus demonios y finalmente derretir sus neuronas en una danse macabre sin final.


El tercer álbum de Arteaga fue concebido en un solo día de grabación en directo bajo el resguardo del estudio Orange y el cuidado técnico de José Ignacio de Agartha, quien en otros cinco días tuvo la mezcla final del material. Sin mayores filtros que la magia propia y la fuerza bruta de un monstruo abismal que domina sus territorios, la banda trasladó su sonido a un soporte auditivo que hoy comparten con todo aquel que se anime a cruzar el tétrico umbral que han creado por medio de una guitarra ambivalente que te hiere y al mismo tiempo te hace delirar (Sebastián Morales), un bajo primitivo que retoma la potencia y el misticismo de los míticos años setentas (Francisco González) y una batería ambiental, que como puede quebrarte en dos, también puede infectarte con su ritmo hipnótico (Domingo Lovera).

De manera clara Necromance está partido en dos segmentos nombrados como The unholy descending. En su primer momento tenemos un sonido basado en melodías infecciosas que obligan a dejar este plano de la realidad para perderse en oníricos paisajes, lugares ideales para ofrecer un sacrificio al maligno y permitir que el éxtasis fluya por las venas. Es imposible que los pies no se muevan mientras escuchamos los primeros acordes de "Espejo roto" hasta que poco a poco todo se transforma en una pesada oda de difícil escapatoria. La cruda "Marcela" nos hechiza con su ritmo directo más allá de su psicotrópica ambientación, ésa que no nos permite comprender una sola palabra y a la vez ello nos importe un carajo. La faceta inicial del álbum cierra con "Ritual eléctrico", un obscuro jam instrumental que refleja el concepto más puro de Arteaga configurado a través de notas aletargadas sin compasión que de manera inesperada pueden romper el plano sonoro.


La segunda parte del Necromance arranca de manera helada gracias a un tétrico piano que eriza la piel mientras una guitarra asesina araña los tímpanos sin piedad. El tema que bautiza al álbum quiebra las bocinas e inevitablemente nos obliga a bailar alrededor del caldero mientras los demonios y las brujas alcanzan un orgasmo simultaneo. Las percusiones rituales sacuden la tierra mientras los instrumentos eléctricos nos hacen besar el cielo, un ácido viaje comienza y el nigromante logra un apasionado encuentro con su sensual amante la muerte. La daga atraviesa suavemente la piel para permitir el escape de la sangre en un "Verano rojo", un dulce sueño que a la menor provocación se transforme en una terrible pesadilla. De manera inmediata inicia un largo pasaje instrumental que logra la clausura el álbum, un mórbido vals que amplifica el fúnebre estertor para anunciar el irremediable final entre ruido y magia.



Un péndulo oscila y nos amenaza con una advertencia tecnicolor. Seguros de lo que vendrá, las pupilas se preparan para recibir sangre, muertos vivientes y mujeres desnudas ofreciendo su vida en satánicos rituales. Bajo un bombardeo de imágenes extraídas de viejas películas de terror al puro estilo de la serie B y el cine giallo, Arteaga nos descifra las mórbidas líricas de su "Necromance", primer single del álbum homónimo. Entre aquelarres y orgías, el doom ácido se escapa por las bocinas hasta que la psicodelia se apodera de la pantalla y un sensual baile nos vuela las neuronas. Una vez que la sed de lujuria y muerte ha sido satisfecha, todo termina en la icónica escena de la mítica garganta profunda: The end and deep throath to you all


Sin lugar a dudas, Arteaga se ha convertido en una referencia de la escena densa y lisérgica de la América Latina. Su mezcla pesada y narcótica sabe explotar la mente de quien se atreve a sondear sus tétricos pasillos y de aquel que se anima a formar parte de su danza ritual. Sin embargo, Necromance tiene todos los elementos para saltar las fronteras establecidas por el hombre y lograr finalmente imponer su ácido doom hipnótico como el sonido de una generación. Misticismo, obscuridad y lujuria son sus ingredientes esenciales, pero su intensidad y su crudeza quizá sean los elementos mágicos con los cuales Arteaga se convertirá en una banda fundamental para los que amamos la áspera música del demonio...


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