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viernes, 27 de noviembre de 2020

Ape Skull : el errante retorno del vintage italiano

 


Según Adolfo Vera en su texto El ser y la electricidad: una filosofía del rock, una de las características del rock entendidas como posturas, es que siempre se encuentra en errancia; es decir, es permanente estado de búsqueda, escape o huida. Ya sea en salida de la casa familiar o en deseo ferviente de recorrer las carreteras hasta lograr que las huellas desaparezcan tras plasmarlas en la arena, el rockero se aferra de manera irónica a la desaparición y a la vagancia. Al abrir las posibilidades hasta el infinito, la música se transforma en el vehículo perfecto para lograr dicho cometido.

Sin embargo, dicho estado de errancia logra derribar las murallas físicas cuando logra establecer los medios de la experiencia nómada a través de la huida mental, auqella vagancia sobre los senderos ocultos de la inconsciencia. Si bien los caminos químicos de las sustancias psicoactivas podría ser nuestra primera referencia si a rock nos referimos, también las opciones se podrían remitir a la experiencia estética que provoca la salida del cuerpo como si se tratara de un desprendimiento o quizá de la simple divagación originada por los altos volúmenes que sacuden las neuronas hasta lograr el olvido de todo a su alrededor.


 Aquí es el lugar donde se encuentra el Fields of unconscious de los italianos Ape Skull, aquella banda que provoca la deserción en sentido contrario al proponerse construir un sonido que nos retorne a las viejas glorias del rock puro de los power-trio, la aspereza del sonido en directo y análogo, la melodía sin contemplaciones bajo un áurea vintage y el recuerdo de aquellos sonidos antiguos de cuando el blues se electrificó hasta lograr su transformación mística bajo la psicodelia y sus ensoñaciones sonoras.

Precisamente el tercer álbum del trío romano fundamenta su propuesta auditiva en aquellos parajes de antaño como una forma de provocar el éxodo interno hacia la expansión de la consciencia, a la pérdida dentro de los laberintos resguardados por la lucidez con la intención de incitar al cuerpo a su abandono y evadir la realidad. El título del álbum es por de más provocador, pero más allá de encontrarnos un material alucinógeno bajo interminables capas de sonido envolvente bajo vapores liségicos, Fields of unconscious es un golpe eléctrico de hard blues y rock revival que logra retornar nuestros pasoshiaca el pasado mientras sus líricas no dejan de expresar su deseo por aquella errancia arriba descrita.


Publicado en octubre de 2020 a través de Skronk Records, Fields of unconscious es un álbum de terso fluir donde se hace constante referencia a la libertad y la dispersión desde cualquier punto de donde sea escuchado. Si bien desde su tema introductorio que le dota de título al material podemos oír esos acordes que huelen a pasado mientras se describen los escapes mentales entre insistentes y retadores "No me importa - I don't mind", Ape Skull demuestra su concepto a través de un escape de la línea armónica original de su tema para desarrollar una escabullida impresionante que demuestra la versatilidad compositiva y la calidad interpretativa de Giulianno Padronni en la batería, Fulvio Cartacci en la guitarra y Pierpaolo Pastorelli en el bajo. 

Al continuar el recorrido sin itinerario, el disco nos lleva por senderos que no dejan de hablar un sólo momento de la evasión, ya sea desde el plano físico como en "Freedom" y su melancólico sentimiento que sopla durante su desarrollo, o bien en el plano inmaterial como queda demostrado en la concluyente "Atom in the sky" bajo su referencia cuántica y explosiones multicolores que se aferran al primer hard psych. "That's all I want" es una declaración obvia de intenciones a través de una guitarra hiriente que sabe aprovechar los instantes de silencio que ofrece su melodía, "Glory days" es una patente mirada retrospectiva a los viejos sonidos realizados en momentos recordados llenos de esplendor, y "Heya" es de manera completa un tributo hacia las referencias antiguas que nos remite a un rito indio frente a un fuego mítico mientras los cánticos buscan liberar nuestras almas bajo el abandono de nuestra realidad citadina. 


Sin embargo, Ape Skull confiesa que es necesario retornar al hogar y a la seguridad tras un largo recorrido de errancia y vagancia. "I'm coming home, baby" no se trata tan solo de una confesión hacia sus obvias referencias sonoras alojadas en las viejas glorias de Hendrix y Blue Cheer que han rescatado de manera excelsa sus compatriotas Black Rainbows, sino también es una declaración concreta sobre las estructuras sonoras ofrecidas por la banda en su maravilloso álbum debut de abril de 2013 y además un grito de necesidad por encontrar el calor frente a los riesgos y accidentes sufridos ante el viaje constante y cansado que significa el rock n' roll. A través de una melodía infecciosa, el power trio italino nos regala una armonía que obliga al movimiento mientras nos inyecta alegría por el retorno y al mismo tiempo nos ofrece un suero eléctrico que logra recargar la energía perdida ante el esfuerzo realizado.


 Una vez desmenuzado el Fields of unconscious, comprendemos que lejos de ser un material nebuloso que se interna sin remedio ni brújula a los demoníacos laberintos de la mente, el tercer álbum de Ape Skull sirve como un recordatorio de aquellos sonidos que están guardados en nuestro interior que son utilizados como soporte e inspiración para lo que es el rock en la actualidad. El intento sonoro realizado por la banda italiana está basado en la eliminación de culpas por la vida errante del rockero y su eterno retorno a su origen melódico lleno de seguridad, una confesión auditiva que espanta los fantasmas del pasado para reconocerlos como influencias aceptadas y asimiladas con la finalidad de crear algo nuevo a través de un pasado glorioso. Libres de remordimientos, ahora es momento de disfrutar esta pequeña maravilla eléctrica...




miércoles, 4 de noviembre de 2020

Slomosa : cuando las tundras se convierten en dunas

 


Bergen es una ciudad noruega conocida por ser un puerto turístico que sirve de cobijo para los comerciantes, además de ser la puerta de bienvenida para los reconocidos fiordos. Ante el inminente frío que las aguas del Mar del Norte y los glaciares provocan en aquel lugar hermoso pero inhóspito, su gente busca la forma de provocar calor a la menor insinuación. Así es como llegamos a conocer a Slomosa, una banda que han logrado transformar las congeladas tundras en ardientes dunas a través de un áspero rock desértico que de manera inesperada nos retorna a las viejas glorias de la California de finales del siglo pasado y principios del nuevo. 

Bajo esta lógica es como coincidieron cuatro jóvenes en 2017, una premisa que han sostenido hasta lograr en los últimos días de agosto de 2020 la publicación de su álbum debut a través de la disquera Apollon Records. Si bien la recomendación de varias páginas especializadas ya habían hecho correr algunos ríos de tinta sobre este material discográfico, ahora era necesario escuchar con calma la propuesta sonora de Slomosa por medio de ocho temas de puro rock arenoso de buena manufactura y coloridas posibilidades que saben escapar del yugo omnipresente de aquel género pervertido conocido como stoner. 


Slomosa estaba originalmente conformado por el guitarrista y vocalista Benjamin Berdous, el baterista Severin Sandvik , el guitarrista Anders Rørlien y el bajista Kristian Tvedt, quienes grabaron en el Lokalet Studio las canciones que conforman el álbum debut durante 2019. Sin embargo, la banda cambió la mitad de sus integrantes en ese mismo año, llegando así la bajista Marie Moe y el segundo guitarrista Tor Erik Bye. Estos cambios en su estructura provocó que la banda tuviera más posibilidades sonoras en su estilo, lo que le ha permitido virar desde el fundamental sonido básico del rock desértico californiano de los años 90's y el embeleso pop que tuvo dicho sonido durante la primera década del siglo XXI para finalmente alcanzar cosas mucho más fuertes y épicas bajo los principios del stoner metal.

Las influencias dentro del homónimo Slomosa son imposibles de ocultar: tenemos la hipnótica "Estonia" con aquel riff que recuerda algunos momentos del mítico Welcome to Sky Valley de Kyuss mientras los coros que cruzan la melodía nace directamente de los primeros álbumes de The Sword, "Just to be" navega sobre las aguas seguras del áspero y constante pop de Queens of the Stone Age, la incisiva "There is nothing new under the sun" equilibra la insistencia de Dozer con la potencia clásica de Truckfighters, la contundente y concreta "Kevin" cumple con los cánones del stoner desértico bajo los esquemas impuestos por Fu Manchu, y sin duda la inaugural "Horses" nos remite a los sonidos épicos llenos de senderos ocultos que ofrecen la posibilidad de escape y divagación como lo han establecidos los propios The Sword, quizá la potencia de Mastodon o hasta la imaginación de Elder.


Y aunque podemos descifrar a la perfección las referencias sonoras del cuarteto de Bergen, ello nos puede distraer de la verdadera oferta propia que tiene Slomosa entre sus surcos. El debut de los noruegos ha sido catalogado por ellos mismos como tundra rock con la intención de remarcar el poder de las congeladas estepas y las heladas montañas sobre las líricas y el sonido de la banda, aunque al final de su escuchamos terminamos detectando algunos lugares comunes como el desierto y el sol. Aun así, podemos encontrar melodías concretas que juegan con la melancolía de los paisajes nevados que ansían la llegada del astro rey que logre ofrecer algo de clemencia.

De esta manera podemos rescatar a la multifacética "Scavengers" con aquel atisbo místico a través de su mágica línea de bajo y esa guitarra a la Josh Homme que termina haciéndose cada vez más cruda hasta saturar las bocinas con una melodía cruda, pero con el paso de los minutos, logra una divagación que escapa de los desiertos de California y termina en la Escandinavia imponente. De la misma forma nos encontramos con la concluyente "On and beyond", un onírico track que nos envuelve bajo su lúgubre velo que a la menor provocación se transforma en un muro sonoro que se derrumba frente a nosotros para dejar tan solo la admiración de unos ambiguos restos que aun sabrán exprimir el ruido de entre los escombros.


Uno de los temas más interesantes del álbum debut de Slomosa es "In my mind's desert", que más allá de su obvia referencia, el track ofrece un sonido relajante que permite el desarrollo de una lírica reflexiva sobre sobre el hombre y su relación con los demás, logrando así un soliloquio sobre el odio y una conclusión sobre la responsabilidad propia y única del individuo sobre sus actos y sus consecuencias. Este tema es el primero que fue escrito por Benjamin Berdous para Slomosa y en él se ven los primeros trazos hacia atrapar el sonido del rock desértico a través de melodías concretas, guitarras ásperas provocadas por el pulso sobre el fuzz y el coraje vertido sobre las cuerdas metálicas. Los cambios de intensidad del track provocan momentos distintos durante sus casi cinco minutos, logrando de esa manera que el tema fluya por diversos lugares aunque todo está basado en una armonía básica. Por si fuera poco, cuando la canción alcanza su ansiado solo de guitarra, todo queda reducido a la posibilidad de perder la mente entre reflexiones, dunas y tundras.

Slomosa tiene todo en sus manos para convertirse en un referente obligado del rock desértico en Escandinavia y toda la Europa. Sus múltiples influencias logran construir un equilibrio en su estilo con la finalidad de ofrecer un abanico amplio de posibilidades melódicas y hasta sonoras más allá de lo que significa el stoner en el ideario musical. Por lo pronto, su álbum debut contiene los elementos suficientes para sembrar las esperanzas gracias a riffs poderosos, melodías adictivas y líricas interesantes, pero ahora habrá que esperar que la banda noruega pueda exponer todo ésto sobre los escenarios y, al mismo tiempo, logre madurar su sonido hacia nuevos senderos. 


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Dead Lord : una rendición al hard rock sueco


Dead Lord es una banda que tiene una marca sonora establecida, una fórmula probada de la cual es imposible escapar. Tras la arrebatadora imagen de su frontman Hakim Krim, el grupo ofrece desde 2012 aquel dinámico sonido del clásico hard rock sueco al que muchos identificamos con The Hellacopters y que es heredero definitivo del estilo auditivo de finales de los años setentas a través de una mezcla de guitarras gemelas y ritmos constantes. Si bien ya nos habíamos hecho la pregunta al escribir sobre su anterior álbum In ignorance we trust de 2017 (reseña-review), nuevamente colocamos la interrogante sobre la mesa: ¿qué más nos puede ofrecer el cuarteto de Estocolmo?

Surrender es el cuarto álbum de Dead Lord y ha sido editado por Century Media Records a principios de septiembre de 2020 y, como era de esperarse, en él podemos escuchar su sonido patentado en materiales anteriores construido por medio de melodías directas, ritmos venenosos y guitarras adictivas. Sin embargo, los suecos han decidido dar un paso más allá de su estilo para ofrecer algunas experimentaciones sonoras que permiten pensar que quizá el grupo pueda realizar cosas distintas más allá de lo que todos conocemos hasta este momento. Eso nos obliga a repasar cada uno de sus tracks en búsqueda de indicios que indiquen sus nuevos senderos.


En primer lugar, es necesario establecer el contexto en el que se realizó Surrender. Su guitarrista Olle Hedenström abandanó a Dead Lord durante 2019, dejando a la banda sin uno de sus pilares. Esta situación obligó a su bajista Martin Nordin a tomar la vacante en lo que buscaban a un nuevo integrante. Aun así, los suecos decidieron en febrero de 2020 entrar al Humbucker Studio para grabar su nuevo álbum sin tener al personal completo; hasta que en mayo fue presentado Ryan Kemp como nuevo bajista de Dead Lord, dejando de manera definitiva a Nordin como guitarrista.

Con este antecedente, el cuarto material discográfico de Dead Lord requiere una atención mayor pues en su travesía descubriremos mayores diferencias con los álbumes anteriores. Uno de los sencillos promocionales del Surrender fue "Evil always wins", track de obvia referencia sonora de riff incendiario hecho con base en guitarras gemelas y un estribillo que obliga al canto mientras observamos la ingesta de unos hot dogs a la mitad de los bosques escandinavos. Otro de los singles que se han presentado previo a la publicación oficial del álbum es "Letter from Allen St.", un tema donde podemos escuchar una melodía heredera del clásico Thin Lizzy, pero que más allá de la inicial guitarra asesina, la canción queda anclada en un ritmo entrecortado que busca darle mayor importancia a la línea armónica.


Bajo estas dos pruebas previas al Surrender uno podría esperar que no hay más allá dentro de sus surcos, pero en una exploración más profunda, las sorpresas comienzan a salir a flote. Más allá de su base sonora construida a través de la marca registrada de Dead Lord, "Authority" arranca con un riff demoledor más cercano al NWOBHM que tras unos segundos queda olvidado bajo una melodía pop. Así mismo y como se comentó antes, Hakim Krim tiene en Phil Lynott su mayor referencia para componer, pero en "Messin' up" escuchamos un nueva versión del "Wild one" incluida en el Fighting de Thin Lizzy. Enseguida nos encontramos con "Dark end of the rainbow", un track que en sus estrofas nos hace olvidar el tufo vintage que identifica a Dead Lord, pero al momento de llegar a su estribillo, todo regresa a puerto seguro más allá del tenue piano que escucha en algunos instantes.

Sin embargo, para crear un álbum dentro de tiempos de reconstrucción, la mejor opción es aferrarse a la fórmula probada. De esta manera, nos encontramos con la directa y completamente hellacopteriana "The loner's ways", la setentera y barroca "Gonna get me" y la acelerada "Dystopia" con su inicio cósmico. Más allá de las obvias referencias, bien podríamos rescatar a la potente "Bridges", un tema donde podemos deleitarnos con la capacidad interpretativa de Adam Lindmark en los tambores mientras los constantes arreglos de guitarra nos transportan por instantes al NWOBHM setentero; delimitando al mismo tiempo que la banda podría retomar este sendero gracias al duelo de guitarras de Nordin y Krim, a la idea compositiva que le da coherencia al track, y a la intensidad lograda en la grabación.


Surrender abre como la demoledora "Distance over time" y su demostración de cómo se emplean las guitarras gemelas en el hard rock sueco del nuevo siglo. La velocidad constante del track permite arrebatar la atención al oyente para jamás devolverla. El ritmo entrecortado se torna filoso en cada una de las estrofas pero al mismo encuentra una ligera cadencia al llegar al estribillo, elemento que identifica sin lugar a dudas a todas las composiciones de Dead Lord. Casi desde el primer segundo del tema nos encontramos al borde del sillón esperando un ansiado solo de guitarra espectacular, que cuando llega sólo tenemos que dejar que explote irremediablemente en las bocinas. Asimismo, "Distance over time" logra ofrecer un nervioso puente sonoro de tarola sostenida hasta que la tensión revienta en mil pedazos para alcanzar sosiego en las frases del coro. Sin lugar a dudas, ésto es el hard rock sueco!!


Más allá de aquellos tracks explosivos que sin duda sirven de singles directos, debemos identificar al Surrender como un álbum de transición dentro de la discografía de Dead Lord. En algunos temas se puede saborear algunas experimentaciones que nos permiten olfatear los nuevos aires que podría tomar la banda sueca en un futuro, pero quizá todo sea prematuro mientras la nueva alineación no se afirma dentro del local de ensayos y sobre los escenarios. Por lo pronto, este disco satisface a los seguidores del cuarteto de Estocolmo al ofrecerles más de la misma dosis conocida, pero para quienes cavamos sobre su contenido en búsqueda de tesoros, tendremos la suerte de escuchar cosas frescas que permitan sembrar esperanzas hacia un desarrollo sonoro del grupo sin que éste pierda su estilo probado.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Daily Thompson : desde Dortmund para el Universo

 

Cuando una banda define su sonido desde sus primeros segundos, lo único que tiene que hacer enseguida es desarrollarlo para los mismas bases acústicas para llevarlo a nuevos lugares sin perder aquella esencia alcanzada. Habrá momentos en que ciertos ingredientes sean más acentuados que en otros, pero en ello estriba la importancia de tener muy claro qué es lo que se busca ofrecer mientras se disfruta su camino para alcanzarlo. Sin embargo, existen pocas agrupaciones pueden presumir de este estado de equilibrio que oriente su trabajo sonoro, por lo que es importante resaltar a aquellas que lo han logrado. Es por eso que Daily Thompson ha encontrado un espacio dentro de Earthquaker...

Daily Thompson tienen sus orígenes en el año 2012 cuando se conformó a través de la base de un power trío inspirado en el grunge y el noise rock de los 90's que con el paso del tiempo ha sumado a su combo sonoro varios elementos de la psicodelia espacial, el rock desértico y hasta el blues electificado. Así es como encontramos el día de hoy a Danny Zaremba en las guitarras, Mercedes Lalakakis en el bajo y Matthias Glass, quienes no han abandonado Dortmund, Alemania como base de operaciones. 


Lejos de la referencia olímpica que ofrece su nombre bajo el recuerdo de aquel decatlonista inglés, el trio alemán siempre ha buscado colocar un velo sobre sí con la intención deliberada de ocultar su sonido en base a un título obvio. Por si fuera poco, al escuchar un tema de la banda ésto podría resultar engañoso, pues su estilo sonoro no queda atrapado en una sola cápsula auditiva; obligando así al escucha a terminar de recorrer los surcos del vinilo para hacer un intento por descubrir todas las influencias musicales que se resguardan en su interior.

Dentro de la misma lógica misteriosa que ha empleado Daily Thompson desde su origen, en agosto de 2020 a través de Noisolution Records han publicado su cuarto álbum completo titulado Oumuamua, que más allá de la referencia mimética al Ummagumma de Pink Floyd, logra una nula idea sobre lo que podemos encontrar en su interior. Una vez que bajamos la aguja sobre el plano negro nos encontramos con un largo track de once minutos y medio de duración llamado "She's so cold" que bien podría espantar a cualquiera, pero tras tomarnos suavemente de la mano entre tenues marismas que hipnotizan, la banda logra subir la intensidad de manera perfecta hasta construir un típico tema stoner bajo la escuela de Fu Manchu que con el tiempo recuperaron los griegos 1000mods, no sin antes ofrecernos un embeleso bajo la hermosa y enigmática voz de Mephi con aquel tufo a Sonic Youth o las sosegadas caminatas sonoras de All Them Witches


El track más violento del Oumuamua es sin duda "On my mind" gracias a sus figuras resbaladas que le dan inicio hasta que un riff afilado entona la melodía adictiva. Daily Thompson nos ofrece una armonía directa de hard blues sin mayores pretensiones que confiesan algunas de las influencias de la banda cuando ésta se decide a cambiar la melodía bajo los preceptos de la música hecha en la última década del siglo pasado. Es imposible no detectar ese sabor a grunge ruidoso y áspero en su puente, pero al tomar velocidad, la figura nos remite por algunos segundos al stoner arenoso. Cuando creemos que ya todo está terminado, la guitarra abandona el fuzz y se transforma en unos limpios acordes campiranos que hasta ofrecen espacio para que alternen las voces de Zaremba y Lalakakis bajo un tufo sureño que es olvidado casi de manera inmediata. Manteniendo de manera contradictoria un ambiente de inquietud y misterio, escuchamos el inicio de "Slow me down", un track que a los pocos segundos muta en un hard rock concreto con cierto sabor sureño y hasta desértico; aunque dicha esencia sonora se logra mantener en la obvia "Half Thompson" con su armonía clásica de blues electrificado que sabe encontrar las pausas exactas para alcanzar su intensidad.

Oumuamua encuentra su punto climático en la colosal "Cosmic cigar", un tema psicodélico que sin duda inspiró el arte de Maike Klamp que sirve de portada al álbum. Este track hace a un lado el sonido fuzz para divagar sobre tenues experimentaciones que provocan el abandono de la gravedad mientras observamos el espectáculo del Universo, pero una vez que nos encontramos en el extravío sideral, Daily Thompson vuelve a retomar el ruido y el volumen para sacudirnos el espasmo. Para terminar el material discográfico, los alemanes aprovechan la atmósfera espacial para dejar en las bocinas algunos diálogos que nos remiten a cosmonautas en odiseas estelares mientras una guitarra acústicas nos golpea con su melancólica melodía bajo el recuerdo desértico del The coyote who spoke in tongues de John Garcia mientras observamos cómo se apaga la fogata que nos ha acompañado durante una noche arenosa bajo el resguardo del cielo estrellado. 



Efectivamente, Daily Thompson es demasiado versátil, pero su mayor valor se encuentra en la inteligencia que tienen para cambiar de estilo sonoro de forma natural sin que se siente forzado cada mutación, algo que no es sencillo por más que parezca serlo. Oumuamua nos cambia de dirección de manera radical con su rastrera "Sad Frank", un blues aletargado que repta por el suelo con su ritmo ahogado en zozobra que logra su clímax de manera controlada por medio de un teclado atmosférico que sabe construir un riff venenoso junto con la punzante figura de la guitarra, la cual logra finalmente un anhelado solo explosivo. De manera irónica, el trabajo visual realizado por Daniel Hacker y Dirk Rosenlöcher que acompaña al track, rompe de manera drástica con la zozobra del tema, pues sus intensos colores nos sacuden frente al aletargado ritmo de su melodía. No podemos dejar pasar esta canción sin recordar a gente como los americanos All Them Witches o los australianos The Blackwater Fever debido a esa capacidad para construir ambientes llenos de obscuridad que sólo el poder de la electricidad pueden dinamitar hasta dejarlos reducidos en mil astillas. 


Si uno tiene la cautela de escuchar el trabajo previo que antecede a Oumuamua, bien se pueden detectar en algunos momentos todos y cada uno de sus elementos, pero sin lugar a dudas, este material de Daily Thompson es el mejor de su discografía gracias a la inteligencia para saber insertar cada ingrediente en el lugar preciso. El álbum fluye de manera orgánica y tiene la capacidad de recrear distintas atmósferas más allá de su esencia sonora, provocando que el escucha se encuentre atento a cada una de las sorpresas que se resguardan en su interior. Es necesario escribirlo, es obligatoria la escucha de este gran pedazo de disco... fundamental para este 2020.


viernes, 11 de septiembre de 2020

Kitchen Witch : una tormenta de arena sobre Adelaide

                       

Aún están en nuestro recuerdo aquellos acordes secos de "Slipstream", aquel tema desgarrador de imágenes panópticas que hacía coincidir el lamento femenino con un stoner robótico bajo las premisas del Queens of the Stone Age de principios de siglo. Los responsables de aquel track venenoso eran cuatro chicos de Adelaide que bajo el nombre de Kitchen Witch nos ofrecían una mirada propia de aquel sonido californiano que transformaba al desierto en un áspero elixir lisérgico que se deshace de manera aletargada en nuestras débiles bocinas saturadas.

Aquel álbum publicado en abril de 2017 titulado de manera homónima (reseña-review) recuperaba algunos tracks presentados previamente en dos EP: el Trouble de enero de 2015 y el Back to the mud de junio de 2016. Sin embargo, es hasta agosto de 2020 cuando Kitchen Witch nos comparte un álbum completo construido de manera íntegra a través de siete temas que dota de una personalidad más definida a la banda por medio de un sonido más trabajado y composiciones más definidas a través de un concepto.

Bajo el nombre de Earth and ether podemos encontrar una colección de siete temas que logran su coherencia sonora a través del uso de acordes desgarradores que entonan melodías hipnóticas y que al mismo tiempo alcanzan su deleite por medio de una poderosa voz femenina que hechiza de manera irremediable. Más allá de esta esencia poderosa, Kitchen rescata su gusto por el blues rastrero que queda bien definido en la impresionante "Sunrise" y su pesado letargo que asemeja a una insolación obtenida por una larga exposición al sol desértico, pero el este álbum encuentra su clara definición en el stoner rebuscado de efectos alucinógenos que se escuchan de manera determinante en la inaugural "Lost", una oda que habla del extravío de la razón ante el enfrentamiento contra la incomprensión.

Las guitarras de Conor Kinsella mantienen ese tufo a desierto psicotrópico durante la totalidad del Earth and ether, pero al combinarse con las percusiones poderosas de John Russo y el pantanoso bajo de  Simon Elliot, los temas que conforman el álbum tienen la posibilidad de viajar hacia dos ambientes que en podrían ser considerados contradictorios. Por un lado podemos saborear algunas texturas cósmicas que nos hacen perder la noción del suelo, pero por el otro tenemos la oportunidad de deleitarnos con fangosas melodías que nos ahogan con su misterio y zozobra; aunque ambas posturas logran dotar de versatilidad al material discográfico y convertirlo en una pieza digna de escucha detenida y deleitable.

Parece obvio que nuestra atención sea robada por las voces de Georgie Cosson, algo que ocurre de manera frenética en aquel tema que le da nombre al álbum, un track de melodía que poco a poco nos rodea hasta abandonarnos a nuestra suerte; pero la voz de la bruja australiana sabe tomarnos de la mano para mostrarnos de manera detenida todo el abismo sonoro que es provocado por la banda. Algo semejante ocurre con la eléctrica "Chase the sun", pues la rubia cantante logra atravesar el muro de ruido para enseñar lo que se guarda en su interior más allá de las distorsiones insistentes. 

El riff asesino de "The frontal lobe" se acerca peligrosamente a un stoner metal infeccioso que al mismo tiempo ofrece mayores posibilidades acústica a la banda australiana, una rabia sin contención que explota frente a nosotros y que sólo nos permite unirnos al violento frenesí. Por si ello fuera poco, el Earth and ether concluye con la sombría "Many moons" que nos ofrece algunas notas de didgeridoo que son transformadas en una armonía sumamente electrificada que satura el audiorama hasta logar la perdición definitiva de nuestras neuronas.


"¿Alguna vez te hablé de esa noche?
de cuando estaba de piernas cruzadas por la luna y las luz de las velas
las ratas, los murciélagos y las arañas también estaban allí
No bromeo, era una imagen psicópata
Quemé esas palabras que me detuvieron en una barbacoa
Oh, tan lindo y rizado y negro.
El humo que se elevó de esa ceniza 
limpiaba el aire y lavé mi cabello
no tenía idea cuánto cambiarían las mareas.
Evocando esas buenas intenciones, las otras las quemé.
Una cueva de malicia bajo el árbol de la vida.
Un santuario que alberga murciélagos en la noche.
La fruta permanece latente en lo profundo de sus extremidades.
La primavera trae cosecha y muchas asambleas.

El tema que ha servido de promoción para el lanzamiento del Earth and ether es "Cave of Mischief", un track que de manera irónica escapa del sonido general del álbum al sumergir dentro de un pozo el sonido general de los instrumentos, conteniendo su furia más allá de la intensidad que contienen la propia melodía. Mientras observamos a la banda entre múltiples colores y ruido blanco a través de un trabajo visual realizado por Capital Waste, la música nos va arrastrando con ella a su abismo hasta que nos obligar caer rendidos a su propuesta ahogada. Aquel stoner que distingue a Kitchen Witch queda reducido a un hard psych que logra su explosión definitiva en un interesante solo de guitarra de infinitas notas y una aceleración adictiva.

Siempre será reconocido y valorado el esfuerzo que realizan algunas bandas por retomar algún género sonoro con la intención de alimentarlo hasta hacerlo llegar hacia nuevos senderos dentro de un esfuerzo arriesgado que rompe reglas y clichés. Earth and ether logra romper las cadenas del rock desértico hasta ofrecer una personalidad propia a Kitchen Witch, pero es necesario tener pies de plomo al recorrer sus rincones si uno desea realmente saborear sus posibilidades más allá de los elementos distintivos de un estilo musical muy socorrido en las últimas dos décadas. Hay que permitir que los acordes del último álbum de la banda australiana escapen por las bocinas hasta que nos dejen hablar con su propia voz...

martes, 8 de septiembre de 2020

Ball : el ácido retorno de los adoradores de Satán


"Nada bueno queda en la tierra
y el pecado no es sino un nombre.
Ven Diablo, pues a tí
se te ha dado este mundo..."
(El joven Goodman Brown, Nathaniel Hawthorne.1835)

Hace tres años escribíamos sobre una bizarra banda sueca que nos ofrecía el elixir maldito del angel expulsado del paraíso mientras su poder se extendía por la Tierra. Aquella mezcla de garage lisérgico y hard rock obscuro dedicado al maligno era creado por una enigmática banda llamada Ball, la cual era más cercana a una sociedad secreta dedicada a los ritos más enfermos y de la cual sólo podíamos conocer sus terribles intenciones a partir de su álbum debut (reseña-review). Ahora, el hard psych ahogado en profundos efectos fuzz ha retornado para invadir a la galaxia...

Bajo el impresionante título de Like  you are... I once was... Like I am: You will never be, Ball nos ofrece una dosis satánica y alucinante de odas diabólicas donde las melodías saturadas ahogan nuestras bocinas mientras nuestras neuronas pierden el control a través de un sopor de ruido y colores estridentes. Una colección de ocho ritmos que hipnotizan por medio del trance del ritmo venenoso, el mensaje enfermo y un ambiente mágico que sabe seducir más allá de las incontables capas de sonido distorsionado y analógico. 

El retorno del power trio dirigido por Syrék Ball fue anunciado en noviembre de 2019 a través de la presentación del single "Debauched", un track de sonidos cósmicos y figuras rastreras que merodea por la obscuridad hasta que lanza su venenosa mordida para hacernos caer bajo su tentación. Este himno dedicado al poder de Lucifer es un éxtasis que valora el riff de una guitarra áspera mientras los graves sonidos del bajo construyen una esfera que lo envuelve todo en un sorprendente efecto circular que logra ahogar la atmósfera a nuestro alrededor. Este tema es colosal gracias a su intensidad que es lograda con la suficiente paciencia y repetición de sus acordes, aunque quizá sea su obvio tufo a lo-fi lo que provoca aquella sensación de saturación e irremediable perdición.

Sin embargo, Like  you are... I once was... Like I am: You will never be logra establecer los sucios conceptos de Ball al ofrecernos temas bajo un mismo ambiente sonoro pero una multiplicidad de melodías tóxicas que provocan la adicción desde el primer sorbo. Bien podemos abandonar nuestro cuerpo para que baile frenético encerrado en alguna jaula a-go-go por medio de "Death deals a hand" y su inminente referente al clásico garage psicodelico de The Sonics, o dejar que todo fluya a través de un caleidoscopio atascado de luces y colores cósmicos como bien podemos escuchar en "Satan's wish" mientras los efectos sonoros pasan frente a nosotros como meteoros que anuncian el deseo de Belcebú de controlar este cúmulo de estrellas.


Aun con estas descripciones desarrolladas hasta este momentos nos hemos quedados cortos con todo lo que encapsula el segundo álbum de Ball. Si bien en su álbum debut podíamos escuchar esta atmósfera lisérgica dedicada al maligno, sus largas odas provocaban que los oídos sensibles huyeran irremediablemente, pero si algo tiene el  Like  you are... I once was... Like I am: You will never be es la capacidad de ofrecer temas muy concretos que saben enganchar con el cuerpo hasta provocar el deseo de continuar. Cuando escuchamos los primeros segundos de "Black magic", un torrente eléctrico corre por las venas hasta producir un deseo irreprimible de baile como si se tratara del éxtasis provocado por un aquelarre que busca la forma de salir de nuestro interior mientras la guitarra eléctrica explota con una cascada interminable de notas ásperas.

La parte más sensual del álbum la encontramos en "Fyre eyes" con aquel sonido funky que está hecho con toda la intención de provocar un orgasmo, logrando que el recuerdo nos lleve a la música de fondo de esa antiguas películas porno de los años 60's y 70's. En contraste, el track más áspero lo escuchamos en la entracortada "Have you ever dead" con su afilada guitarra que cruza la carne como navaja mientras alcanza el cielo con aquel frénetico solo que demuestra la capacidad interpretativa de Ball. Finalmente, el álbum cierra con el ahogado sonido de "Tonight's the night", una melodía que mantiene la barahúnda general del material pero como si estuviera saliendo de un pozo profundo mientras sus percusiones cavernarias mantienen el ritual frente al fuego sacrílego. 


Uno de los temas más interesantes del segundo álbum del trío sueco es "Sacred snow", un track donde la áspera guitarra fuzz se hace pantanosa a través del uso del wah mientras construye un riff sucio a través del espacio cavernoso provocado por la gravedad del casi imperceptible bajo. Las voces depravadas no dejan de hacer alusiones sobre Belcebú bajo un tufo ácido que cubre el ambiente como si se tratara de una neblina que cubre todo alrededor. Podemos saborear algunos rasgos de bandas como Uncle Acid & deadbeats o Salem's Pot, pero en esta escandalosa oda podemos comprobar de todas las sensaciones que es capaz de provocar Ball. Mientras escenas de viejo porno sadomasoquista inundan la pantalla, las bocinas desgarradas permiten que los sonidos se hagan más profundos hasta construir una melodía tétrica de la cual surgen un incontrolable pandemonio que eriza la piel. 


Sin lugar a dudas, Like  you are... I once was... Like I am: You will never be es el material definitivo de Ball, pues además de establecer claramente su ecléctico sonido borrascoso, logra construir una colección de himnos concretos que saben condensar sus enfermas ideas sin perder por un segundo la brújula. La estridente neblina psicotrópica que se posa sobre el segundo álbum de la banda sueca requiere ser descifrada de manera paciente si se quiere descubrir todo lo que oculta en su interior. El viaje será bastante fuerte y sus mensajes heréticos son bastante claros, así que como la propia banda lo sugiere, escúchelo bajo su propio riesgo...

miércoles, 2 de septiembre de 2020

The Atomic Bitchwax : el beso de la mujer escorpión

La veterana banda The Atomic Bitchwax está de regreso con su llamado super stoner rock, es decir, aquel rock áspero de velocidad sostenida, guitarras desgarradoras y aquella herencia innegable de la psicodelia más pesada y el heavy metal ochentero. El grupo norteamericano se ha distinguido por ofrecer en cada una de sus producciones una colección de temas directos y venenosos que obligan de manera inmediata a mover los pies y agitar la cabeza, pero más allá de su fórmula más que patentada, el trío de New Jersey encuentra la manera de ofrecer algo nuevo con cada lanzamiento.

De aquel salvaje Force field de diciembre de 2017 nos queda el recuerdo de un misil espacial que surcó el universo bajo un constante e insistente ritmo meteórico (reseña-review), pero ahora tenemos la oportunidad de saborear otras texturas sin perder la esencia a través del Scorpio, un álbum editado por Tee Pee Records en los últimos días de agosto de 2020 con el objetivo de ofrecer una selección de tracks incendiarios que se han olvidado del tufo cósmico para retornar al rock infeccioso sin contemplaciones.

Como lo hemos platicado en ocasiones anteriores,  la historia de The Atomic Bitchwax siempre ha estado ligada a la reconocida banda Monster Magnet, pero con el paso del tiempo, el trío comandado por el bajista y vocalista Chris Kosnik ha sabido mantener su independencia de Dave Wyndorf; permitiendo de esta manera crear una colección de álbumes de alto octanaje con personalidad propia más allá de aquel espíritu stoner muy característico de la costa este norteamericana.

Scorpio es una granada que sabe bien cómo explotar en nuestras bocinas a partir de melodías aceleradas construidas por medio de riffs constantes y golpes secos que no permiten recuperar el aliento. Aun así, el álbum arranca con un track entrecortado que ofrece el espacio suficiente para que la voz de Kosnik nos grite sin piedad. "Hope you die" es una prueba fehaciente de que The Atomic Bitchwax sabe utilizar el silencio como recurso para dotarle de mayor intensidad a su propuesta sonora mientras las sorprendentes figuras de guitarra en las manos de Garrett Sweeny y la lluvia de meteoros provocada por la batería de Bob Pantella construyen una muralla de sonido que por momentos parece impenetrable. 

Sin embargo, el resto del Scorpio es una desbocada carrera que obliga al escucha a levantar la mano cornuta mientras los acordes salvajes saturan el ambiente a nuestro alrededor. Es innegable que "Energy" es muy cercana al estilo de Monster Magnet, el rock tóxico de su melodía logra incrustrar su aguijón para soltar su veneno en el torrente sanguíneo. Aquel bajo saturado con el que arranca "Easy action" retoma los ingredientes elementales del stoner comercial de principios del siglo XXI, pero al bajar la velocidad quizá no sirva de ejemplo perfecto con respecto al resto del material discográfico; algo que notoriamente podemos escuchar cuando "Super sonic" nos golpea sin piedad con su huida sonora imposible de alcanzar. 

El octavo álbum de The Atomic Bitchwax ofrece tres balas instrumentales demuestran la capacidad interpretativa de la banda, ya sea en "Ninja" para enseñar como el trío puede ejecutar distintos cambios melódicos y temporales, en "Crash" para señalar la potencia de un power trio en el nuevo siglo o en "Instant death" para escuchar la colección de recursos técnicos que tienen para explotar. Sin embargo, Scorpio resguarda en su interior un amplio panorama armónico que permite al escucha no extraviarse ante el ruido y la velocidad para finalmente ofrecer canciones muy concretas como "Betting man" que son contrastadas con la intensidad del tema que le da nombre al álbum con aquel ritmo incontrolable y efectos sonoros que nos dan la sensación de correr a toda potencia mientras dejamos todo atrás. 


Uno de los temas más interesantes del Scorpio es "You got it", un track de acordes secos llenos de rock n' roll incendiario que de manera indudable hace referencia a la atracción sexual que despierta la mujer sobre el hombre, pero que es contrastado de manera brutal con las imágenes del famoso video "10 hours walking in NYC as a woman" de Chris McGuire; donde observamos el acoso que viven las mujeres dentro de las grandes urbes a través de la personificación de Kat Scicluna. Mientras la banda toca en un metálico vagón de metro, escuchamos una melodía afilada que sabe subir su intensidad a través de explosivos solos de guitarra y remates obligados que quiebran el ritmo para retomarlo con mayor fuerza como si se tratara de un poderoso bólido. 


Mientras esperamos las condiciones que permitan presenciar esta explosión sonora en directo, será necesario degustar detenidamente el octavo disco de The Atomic Bitchwax, aunque esta propuesta sea un verdadero reto ante su inherente vehemencia. Scorpio sabe inyectar su letal líquido de manera rápida y efectiva, lo que quizá provoque la imposibilidad para desmenuzarlo y descubrir en su interior cada uno de los elementos que lo conforman. Sin embargo, ésto último no es malo, al final de cuentas, este disco está planeado únicamente para provocar el deleite ótico mientras nuestra mente vuela en pedazos por el espacio sideral.